¿Por qué existen personalidades tan diversas como personas?
Breve revisión literaria acerca de la personalidad y su variante considerada "fuera de la normalidad"
El término “personalidad” ha tenido una amplia historia de ambigüedad, ya que, era difícil encontrar la definición perfecta para algo que no es observable ni medible. La personalidad se puede inferir, lo que sí podemos observar (y de ahí sacamos esa inferencia) son las conductas verbales, acciones, pensamientos, patrones emocionales, etc. Actualmente, la personalidad se define como ese patrón estable emocional, cognitivo y conductual que nos distingue incluso de quienes se parecen mucho a nosotros, y esta distinción se “marca” y consolida a partir de la adultez joven mas o menos, ahí ya se ha considerado que la personalidad ha alcanzado su madurez y es muy resistente a cambios durante el paso del tiempo.
Aunque solemos hablar de formas de ser como si fueran categorías cerradas, la ciencia muestra algo mucho más dinámico: cada persona es irrepetible porque nace de una mezcla específica de genética, biología y experiencias de vida. Y, además, la frontera entre lo “normal” y lo “patológico” es mucho más difusa de lo que parece.
Por así decirlo, la personalidad surge del encuentro entre dos grandes fuerzas. El temperamento (sería la base biológica y genética con la que llegamos al mundo) y el carácter (que es el resultado de nuestras experiencias de vida, especialmente las relaciones tempranas y el entorno en el que crecemos).
Actualmente se conocen loci genéticos (ubicaciones fijas dentro de una secuencia de ADN específica o gen y a su vez dentro de un cromosoma) asociados a rasgos de personalidad, lo que confirma la influencia hereditaria. Sin embargo, el entorno tiene un impacto igualmente decisivo: cómo nos crían, qué modelos vemos, qué adversidades enfrentamos y qué oportunidades se nos presentan.
¿Cómo en psicología se está organizando el ámbito de la personalidad?
El enfoque más aceptado es el Modelo de los Cinco Factores (FFM), que divide la personalidad en 5 cinco bloques o factores: apertura a la experiencia, responsabilidad, extraversión, amabilidad y neuroticismo. Estas dimensiones representan la diversidad normal de la personalidad humana. Estos mismos rasgos que consideramos normales pueden volverse problemáticos cuando se hacen demasiado rígidos, intensos o interfieren con la vida cotidiana. La diferencia entre personalidad típica y patológica suele ser una cuestión de grado, en cada una de estas dimensiones se podría usar una escala de dos polos, por ejemplo, en la dimensión “extraversión” habría un polo representado por la introversión en su máxima expresión y el otro polo sería su contrario, y así con el resto de factores de personalidad.
Cuando oímos el “personalidad patológica” o “personalidad enferma” se nos vendría a la cabeza un narcisista, antisocial, histriónico o algún esquizoide. El estigma asociado a estas categorías diagnósticas hace que reaccionemos antes desde la etiqueta que desde la propia definición que la psicología establece para determinar cuándo una personalidad es patológica. Una personalidad se considera patológica cuando ciertos rasgos provocan malestar significativo, dificultades en la regulación emocional o problemas persistentes en relaciones, trabajo u otras áreas importantes. Y precisamente por eso el estigma resulta tan preocupante: no solo distorsiona nuestra comprensión, sino que además contribuye a aislar todavía más a las personas que ya están lidiando con ese sufrimiento.
La perspectiva evolutiva: nada está ahí por casualidad
Algunos rasgos considerados desadaptativos hoy pudieron resultar útiles en distintos contextos a lo largo de la evolución. De hecho, muchas características que actualmente asociamos a problemas de personalidad se entienden mejor si las situamos en el entorno en el que surgieron. Una mayor vigilancia o hipersensibilidad a las amenazas, por ejemplo, pudo proteger a nuestros antepasados en contextos donde el peligro era constante y detectar señales mínimas de riesgo suponía la diferencia entre vivir o morir. Del mismo modo, una competitividad elevada (que hoy podría verse como antagonismo o agresividad) pudo facilitar el acceso a recursos escasos, asegurando alimento, estatus o pareja. Incluso la impulsividad, que en la vida moderna puede generar problemas de regulación emocional o conductual, pudo ser ventajosa cuando las decisiones debían tomarse en cuestión de segundos para evitar un ataque animal o aprovechar una oportunidad repentina.
En este sentido, la variación en la personalidad humana no es un accidente, sino un resultado esperable de la evolución. Rasgos que hoy etiquetamos como “trastornos” pueden haberse mantenido en la población precisamente porque ofrecían beneficios bajo determinadas condiciones ambientales. Es posible que lo que ahora interpretamos como desadaptativo simplemente no encaje con las demandas actuales de la vida social, laboral y emocional, pero haya sido funcional en otros escenarios históricos. Esta perspectiva ayuda a entender que la “patología” no siempre implica un defecto, sino un desajuste entre un estilo de funcionamiento y un contexto concreto.
Factores clave en la personalidad patológica
Como se ha mencionado anteriormente, los factores genéticos y ambientales contribuyen en la personalidad única, pero, también, al riesgo de desarrollar rasgos patológicos. Los modelos dimensionales muestran que los rasgos normales y los patológicos existen en un continuo. Las dificultades de regulación emocional son comunes en muchas formas de personalidad patológica. Y, una vez más, la perspectiva evolutiva recuerda que algunos rasgos “desordenados” pueden tener valor adaptativo en determinados contextos.
En definitiva, cada personalidad es el resultado de una combinación irrepetible de influencias genéticas, biológicas y ambientales. La frontera entre lo normal y lo patológico no divide dos mundos separados, sino que refleja diferencias de intensidad dentro de un mismo conjunto de rasgos que todos compartimos. Por eso es importante recordar que no estamos tan lejos de aquello que atribuimos a los “narcisistas”, las personas con trastorno límite u otros perfiles diagnósticos: sus rasgos no son cualitativamente distintos a los nuestros, sino variaciones más extremas de mecanismos que existen en toda la población. Estas personas no son figuras “ajenas” ni “locos” desconectados de la sociedad, sino individuos que habitan el mismo continuo humano y que, en muchos casos, sufren precisamente por la rigidez o la intensidad de aquello que en nosotros pasa desapercibido.
Es importante recordar una vez más que las personas con rasgos de personalidad patológica no son ‘locos’ aislados de la sociedad, sino individuos que, como todos nosotros, tienen fortalezas y dificultades. De hecho, hay aspectos de nuestra propia forma de ser que se acercan a rasgos de narcisismo, límite o histriónico en algún momento: la vulnerabilidad, la necesidad de reconocimiento o la impulsividad son universales en distintos grados. Comprender esto nos ayuda a empatizar y a reducir el estigma, y también nos invita a mirar nuestras propias emociones y comportamientos con más atención y compasión.
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